El 11 de septiembre

14/Sep/2011

El País, Hebert Gatto

El 11 de septiembre

14-09-2011 Hebert Gatto
Si como dice Eric Hobsbawm, el siglo XX concluyó en 1989, con la destrucción del muro de Berlín, la actual centuria se inauguró de la peor manera, en septiembre del 2001, con el atentado contra las Torres Gemelas. En el perdido intermedio, Fukuyama escribió «El fin de la Historia y el último hombre», donde pronosticaba la hegemonía definitiva de la democracia liberal y la vigencia de los derechos humanos, sin desconocer la posibilidad de guerras locales de menor intensidad.
Algunas condiciones propiciaban ese optimismo que, sin embargo, Huntington desmintió con su sombría profecía de la guerra de civilizaciones. El siglo corto, había constituido un período de terribles enfrentamientos, donde la democracia resultó desafiada con fines homicidas, tanto por izquierdas como por derechas, unidas en un mismo totalitarismo con diferentes discursos. Superada esa amenaza era pensable que si la humanidad podía volcar a propósitos constructivos, la ingente masa de recursos que hasta entonces había destinado al armamentismo, en plazo breve superaría al hambre, la enfermedad y la injusticia social. Una esperanza que no se cumpliría.
El 11 de septiembre no solamente redujo a polvo dos edificios, y asesinó a tres mil personas, ese día se aniquiló la esperanza de un futuro pacífico e hizo reaparecer la inseguridad en todos nosotros. Un temor que aún subsiste, desde Karachi a Manhattan. En los breves diez años que han transcurrido desde entonces, muchas cosas han cambiado. Enfrentado a un crimen terrorista brutal e injustificado, el Presidente George W. Bush, en una emergencia extrañamente similar a la de Pearl Harbour, se condujo con la ceguera de un animal herido. Continuó una guerra que si podía explicarse en Afganistán, nada, salvo la mentira aviesa, justificaba en Irak. Ante la agresión a su país, no dudó en agredir a un tercero, inocente de ese cargo. En uso de su poder se autodesignó policía del mundo. Su sucesor ejecutó a Bin Laden en el extranjero, ante los ojos de todos, exhibiendo total desprecio por el orden jurídico internacional.
Las Naciones Unidas, junto a los países más desarrollados del mundo concedieron tales atropellos y el principio de no intervención luce hoy tan obsoleto como las leyes de guerra de Ginebra. Si miramos al otro lado nada mejora. Ya sabemos que el Islam no es una religión necesariamente guerrera. Pero el problema no radica en el Corán, sino en cómo se lo lee en las madrazas de Argel, de El Cairo, de Trípoli o de Rabat. Y en ese aspecto, aún considerando con reservada esperanza la actual primavera árabe, el panorama no es alentador.
En el atrasado mundo musulmán, que nunca vivió el Renacimiento o la Ilustración, el odio a Occidente aumenta en una mezcla explosiva de despecho, humillación y venganza. El terrorismo y sus mártires suicidas son una emergencia de su tiempo histórico, como lo son Hamas o los Hermanos Musulmanes. Si Occidente no procesa un cambio cultural, ayudando a que lo mismo ocurra en el mundo musulmán, nada augura la paz para los próximos años. Lo que es seguro que no será con bombas sino con imaginación y apego al derecho, que ello, quizás, pudiera lograrse.